Disfruten lo votado… Esperen, ¿uh?

Ayer por la mañana, en el recorrido de Felipe VI tras su proclamación, apenas habría unas tres o cuatro mil personas a lo largo del mismo. Entre ellas, algunas eran republicanas y estaban allí para expresar su opinión política, uno de esos derechos fundamentales que están recogidos en nuestra Constitución y que, le pese a quien le pese, no sufre momentos de excepción en que pueda ser vulnerado, como puede ser la proclamación de un nuevo rey. 

Esas personas estaban allí para manifestar su repulsa al nuevo rey, el nuevo jefe de estado responsable de todos los ejércitos y por tanto, dotado de un enorme poder (el mayor que pueda haber en este país). Este poder no le ha sido otorgado por ningún español en un ejercicio democrático, ni él lo ha ganado por su capacidad para ostentarlo ni mérito propio alguno. Es un poder heredado, directamente, de la dictadura franquista.

Esas personas, fueron privadas de sus libertades.

A medida que Felipe pasaba saludando sobre el Rolls-Royce encargado en su día por Franco, algunas de ellas gritaron “¡viva la República!” y sacaron la bandera tricolor. Inmediatamente, fueron reducidas por la policía, y algunas de ellas, detenidas.

Independientemente de la opinión que cada uno pueda tener sobre lo sucedido, el hecho es que esta manifestación es un derecho fundamental con sentencia firme por el Tribunal Superior de Justicia.

Por la tarde, otro grupo de personas se concentró en Sol para manifestar su repulsa al nuevo rey. Fue una concentración pacífica en la que, como durante la mañana, las personas allí reunidas se limitaron a expresar su opinión con símbolos (banderas republicanas) y consignas. Sin embargo, la policía las retuvo, dividió, zarandeó, insultó, golpeó y, otra vez, se llevó a varias detenidas.

Otra vez intentaron -pues por la mañana había ocurrido ya- confiscar las banderas de las personas concentradas, lo que supone robo con violencia, y para lo que no hay distinción entre ser policía y no serlo. Es necesario, también, recordar las sentencias absolutorias por desobedecer las órdenes de los agentes cuando estas son ilegales.

Ayer, 19 de junio de 2014, el día que pasará a la historia de España como el de la proclamación de Felipe VI, la democracia fue violada y masacrada una vez más. 

Disfruten lo votado… Esperen, ¿uh?

"Toda representación es falsa. Una similitud necesariamente difiere de lo que representa. Si no, sería lo que representa, y no sería una representación.
(…) La política de la representación es siempre la política del Estado. El Estado es simplemente el que vela por la adecuación de la representación al cuerpo que representa.
(…) Hackear es rechazar la representación, hacer que las cosas se expresen de otra forma. Hackear siempre es producir una diferencia, así sea una diferencia diminuta, en la producción de información. Hackear es perturbar el objeto o el sujeto, transformando de alguna forma todo el proceso de producción en el que los objetos y los sujetos llegan a ser y a reconocerse con otros por sus representaciones.
(…) En todas partes el descontento con las representaciones se extiende. A veces su forma es romper las ventanas de algunas tiendas, otras es la de romper algunas cabezas. La llamada ‘violencia’ contra el Estado, que rara vez llega a más que a tirarle piedras a la policía, es sólo el deseo del Estado expresado en su forma masoquista."

— McKenzie Wark — Manifesto Hacker v. 4.0

Criminalización sin base periodística en los grandes medios de comunicación

El señor Barroso habla sin tener la menor idea de lo que está hablando, como la mayor parte de los periodistas y tertulianos de este país. La peor parte de nuestra crisis no es económica sino psicológica.

Estoy harta de escuchar que los activistas somos grupos de radicales de la extrema izquierda y anarquistas, harta de oír que nosotros somos los que perpetramos la violencia. Estoy harta de que el periodismo colabore en esta criminalización que estamos sufriendo, y que esta criminalización cristalice en la mente de nuestros seres queridos. Estoy harta de que cada vez que vuelvo a mi isla, con o sin bromas de por medio, me digan que me estoy convirtiendo en una izquierdista radical (como si no hubiese hablado de política y participado en movimientos sociales desde los 13 años), y que me tilden de comunista o anarquista. Y estoy muy harta de que ambos términos parezcan contener una inherente carga negativa.

Cuando mi despertador suena un día laboral a las 5 de la madrugada para ir a parar un desahucio y como una zombie me meto bajo la ducha, no estoy ideando (aunque a muchos les cueste creerlo) un plan para acabar con el mundo entero. Cuando salgo a la calle, todavía de noche, y me pongo a caminar hacia el metro sintiendo cómo el frío se mete de forma irremediable bajo mi piel, el único pensamiento que pasa por mi mente es el de que esa mañana, como todas las mañanas, una familia entera puede acabar en la calle no ya sintiendo ese frío sino fundiéndose con él, integrándolo en cada uno de los huesos de sus cuerpos. Cuando subo al vagón del metro, rodeada por otro tipo de zombies, la única pregunta que ronda por mi cabeza es sobre el porqué, no ya del sentido trascendental del mundo sino del sentido de nuestros pequeños mundos mundanos. Me pregunto cómo puede existir tanta crueldad, y sobre todo, como puede existir tanta indiferencia hacia tanta crueldad. Me pongo a pensar en los grupos de personas que redactan las leyes y en los individuos que ejecutan órdenes sin cuestionarlas y un escalofrío recorre mi cuerpo en una extraña sensación de enajenación ajena. Reflexiono sobre el sentido de la obediencia ciega de unos y la pasividad cómplice de todos los demás, y una crisis existencial vuelve a apoderarse de mí un día más. Cuando bajo en una nueva parada, otra vez en el extrarradio de la ciudad de Madrid, recuerdo los debates sobre las clases sociales y por un instante siento el cinismo amenazante en mi interior, aflorando en forma de amarga sonrisa en mi rostro. Siguiendo torpemente el recorrido marcado -la mayor parte de las veces de forma errónea- por Google Maps smartphone en mano, trato de ponerme en la piel de una madre. Pienso en el hecho de tener dos menores a mi cargo y que me echen de mi casa, de mi hogar, para acto seguido arrebatarme a lo que más amo en este mundo que son mis dos hijos, porque los niños no pueden ser criados en las calles. Inevitablemente me invade una sensación de vergüenza. ¿Por qué debería ningún individuo cargar con todo el peso de un problema que es social? Mi incomprensión se convierte en rabia cuando recuerdo todas las viviendas vacías que hay en nuestro país, y vuelven a mi cabeza las palabras de Ada Colau en el Congreso: “Les aseguro que no le he tirado un zapato a este señor porque creía que era importante quedarme aquí para decirles lo que les estoy diciendo”. Pienso en los suicidios y me dan ganas de echarme a llorar. Un zapato se me hace extremadamente inocente, y sigo sin sentirme una izquierdista radical.

"Los cyborgs no son irreverentes, no recuerdan el cosmos, desconfían del holismo, pero necesitan conectar: parecen tener un sentido natural de la asociación en frentes para la acción política, aunque sin partidos de vanguardia. Su problema principal, por supuesto, es que son los hijos ilegítimos del militarismo y del capitalismo patriarcal, por no mencionar el socialismo de estado. Pero los bastardos son a menudo infieles a sus orígenes. Sus padres, después de todo, no son esenciales."

— Donna Haraway — Manifiesto Cyborg

Tags: feminismo

"La revolución ocurrió porque todo el mundo se negó a irse a casa, viviendo sobre el pavimento de la plaza, actuando en común."

— Judith Butler — Cuerpos en Alianza